La semana pasada ocurrieron dos escándalos en el mundo literario norteamericano.
Un libro llamado «Un millón de pequeños pedazos» escrito por James Frey, un ex alcohólico y drogadicto que narraba su calvario, se convirtió en best seller y de ahí no baja hace más de 16 semanas: cuatro millones de ejemplares vendidos. Pero el famoso sitio The Smoking Gun publicó un artículo titulado «Un millón de pequeñas mentiras» destrozando a Frey por haber exagerado y falsificado datos de su vida.
El otro escándalo tuvo como protagonista a JT LeRoy, que se presentó en las librerías como un homosexual obligado por su madre a prostituirse a los 12 años. Otro best seller. Pero The New York Times reveló que LeRoy no es quien dijo ser, sino una señora de clase media que habría inventado todo.
El debate por ambos casos todavía sigue en los medios. ¿Ficción? ¿Realidad? ¿Entretenimiento? Hay voces a favor y en contra. Y el marketing, claro, siempre en el medio. Porque hasta el debate vende.
El periodista argentino Mario Diament, radicado en los Estados Unidos desde donde escribe para La Nación, se refirió al tema el sábado pasado, en su habitual columna «Crónicas norteamericanas». «A medida que la humanidad se interna en la era del entretenimiento, la verdad se vuelve un valor cada vez más relativo. Parecería que si lo que nos cuentan es suficientemente divertido, somos capaces de disculpar la falta de rigor», escribió.
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