por VB
Hay dos maneras de ver Wall-e y todos lo sabemos: una, por supuesto, es con los chicos, en esas funciones en que nos volvemos simples, repetimos todo lo que aparece en pantalla y aceptamos más fácilmente que ?es una peli para nenes? y que por eso no importa si se equivoca. La otra es como gente grande con mucho bagaje intelectual y mucha filmografía animada encima, cuando nos ponemos más exigentes y esperamos que encima de todo Pixar nos haga pensar.
Desde este punto de vista, Wall-e triunfa y falla a la vez en ambos casos. Si somos impúberes no tenemos por qué entender qué es todo este mundo desolador, pesimista e impuro en el que vive Wall-e, ni a quién ni de qué tenemos que salvarnos, y calculo que percibimos esta propuesta como mucho menos festiva e inspiradora que otras anteriores. Además, Wall-e es un poco desabrido. ¡Pero gana! ¡Y gana bien! Nos gusta bastante. Si somos grandullones, en cambio, Wall-e hace menos por divertirnos que en ocasiones anteriores y sin embargo nos toma de sorpresa zampándonos en la cara un puñado de verdades peligrosas: que en el futuro la Tierra no va a existir tal como la conocemos, que todos seremos gordos e inválidos y que no conoceremos lo que es bailar. Tinelli ya no tendría razón de ser. Uf. Ah, y como si todo fuera poco, que unos compasivos robots van a hacer lo imposible por ponernos de pie. No me reí tanto ni llegué a maravillarme, pero agradezco la intención de desasnar a los chiquillos de antemano, invitándolos a sonreír a la par que tiran el envoltorio del caramelo en el cesto ubicado a la salida del cine. Wall-e es menos extraordinaria que otros universos pixarianos previos, pero al menos se hace cargo de poner en regla a los Obamas y Bushes del mañana.
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