No esperen objetividad ni alguna de esas mariconadas. Les aviso que soy fana del cordobés José Playo. Después de una entrevista para su blog y algunos delirantes mails escatológicos, pegamos buena onda y el autor me mandó hace un mes su nuevo libro (el tercero) titulado «La belleza del escándalo» (Ediciones del Boulevar). El año pasado ya había leído el anterior, «Peinate que viene gente». Y este fin de semana, después de terminar uno sobre los montoneros (De Gillespie, para otro post), me puse con el nuevo de Playo.
El autor le hace honor al humor cordobés. Sin vueltas, directo, va al grano para causar el efecto buscado en el lector: la risa cómplice. Te zampa el remate cuando menos lo esperás y sabe crear situaciones delirantes, absurdas, bizarras. Los protagonistas de las historias mínimas -no superan las tres páginas- nunca son correctos ni prolijos. Todo lo contrario. Desfilan en las 197 páginas las putas, las feas, el gordo garca, el chorro, los narcos, la canas gordos y coimeros, asesinos, el pendejo insoportable, cornudos. Pero todos patéticos, torpes, erráticos y perdedores. Tan perdedores que por momentos dan mucha pena y risa. Playo los expone a las miserias cotidianas y provoca al lector en cada párrafo. Creo que fue Capusotto quien definió al humor como poner una cosa donde no va. Por eso Playo hace reir. Porque en sus esfervecentes relatos nada ni nadie ocupa su lugar. Un tipo quiere ser escritor y se anota en un curso literario donde el profesor lo termina cagando a trompadas en la primera clase. Las cachetadas suenan tan fuerte que es imposible no tentarse de risa por lo absurdo de la situación. En otro cuento el protagonista se pregunta cuánto pesa «un culo Reef». En «La oscilación de las mufas» un tipo se saca la mufa puteando a los demás con amabilidad. El que lleva el nombre del libro es la primera parte de una delirante historia de espías que promete. La mayoría de los relatos de Playo son coloquiales, costumbristas, sobre el hombre común típico de Fontanarrosa en tantos cuentos. Por momentos da la sensación de que Playo se sentó en la mesa de los galanes o de ser el protagonista de El mundo ha vivido equivocado. Filosofea el rockstar frustrado en Sexo, drogas y mostrador: «la vida es otra cosa. Es salir a la calle y pisar un sorete». Todos los protagonistas de los relatos de Playo, con diferentes métodos, buscan lo mismo: ser felices.
Así abre el libro: «Necesitaba convertirme en un escritor rápido. Cuanto más rápido, mejor. Entonces yo tenía una amante de medio tiempo, una chica delgada y huesuda que disfrutaba de las relaciones sexuales no convencionales y se llamaba Paloma. Buenos antebrazos, buenas mejillas. Cuando sonreía de manera correcta (escondiendo con su labio superior el vacío de tres o cuatro piezas dentatias faltantes), hasta diría que no era del todo fea».
Guarden en sus pendrives este nombre: José Playo. Con seguridad, en un pan y queso, el cordobés pasaría a integrar el equipo del Negro Fontanarrosa, Sasturain, Soriano, Hernán Casciari y Sebastián Wainraich, entre otros jugadores. Salvando las distancias, claro. Nadie dijo que un equipo de barrio debe ser parejo.
Después no digan que no les avisé.

