Da la sensación que en Venezuela todo cambia en poco tiempo. El nombre oficial del país pasó a ser, en 1999, República Bolivariana de Venezuela y también cambió la bandera, su escudo y la moneda, entre otros símbolos. Este año cambiaron la hora, atrasándola sólo treinta minutos. Por eso acá es una hora y media más temprano que en Buenos Aires.
Caracas se desparrama entre cerros y valles hacia el extremo norte de América del sur, pero a diferencia de las otras ciudades del mundo, es bien corta y muy ancha, es decir, no va de norte a sur, sino de este a oeste. Sobre el este, en el lado más cheto de la ciudad, viven los ricos: empresarios, ministros y diplomáticos. Hay casas de algunos millones de dólares, mujeres siliconadas hasta a punto de explotar y se ven muchas 4×4 en las autopistas. Cargar el tanque de nafta cuesta menos que una botella de agua mineral: de 1 a 2 dólares el tanque.
En cambio, hacia el oeste se desparraman miles de casas precarias de cemento llamadas bloques. Dicen que allí hay balaseras todo el tiempo y siempre muere algún inocente. Es tan peligroso que ni la policía se anima a entrar a determinados barrios donde manda el que más armas y drogas vende. Ahí, en el oeste, está el agite. Ahí Chávez es más que Dios y su figura sonríe desde posters y estampitas.
Una de las plazas más importantes de Caracas está bien al este y se llama Francia, pero se llamaba Altamira hasta hace algunos años. Ocupa un rectángulo de unas tres cuadras de largo por una de ancho y en el medio, se levanta un obelisco color caqui de 67 metros, que es uno de los símbolos de la ciudad y está rodeado por una enorme fuente que termina en cascada.
La plaza fue inaugurada en 1945 y cambió de nombre tras un acuerdo con Francia para que Paris tenga su Plaza Venezuela. Pero casi todos los caraqueños siguen llamándola plaza Altamira.
La plaza fue el lugar en común de los opositores a Chávez en el fallido golpe de 2002 y de la histórica huelga general de petroleros, conocida como «Paro Cívico Nacional»: durante tres meses los trabajadores del oro negro frenaron el país y le hicieron perder a la estatal Petróleos de Venezuela (PDVSA) entre quince y veinte mil millones de dólares.
Sobre uno de los laterales de la plaza, se levanta el impresionante edificio del hotel Four Seasons, que ahora se llama Caracas Palace. Este hotel es puro lujo y sirvió como base para los militares que se quisieron derrocar a Chávez. Por eso el líder le cambió el nombre. También hizo lo mismo con el Hilton, que ahora se llama Hotel Alba.
Enfrente, Filippo Acosta vende panchos desde hace 40 años. Hace unos meses, él y su carrito fueron declarados patrimonio histórico de la nación gracias a su fórmula mágica: Pan, salchicha, cebolla, repollo y tres salsas. Para tomar, Filippo te sirve jugo de piña. Es italiano y llegó acá a mediados de los ´60. Dicen que con los perros calientes hizo una pequeña fortuna, suficiente para poder pagarle los estudios a su hijo en Suiza.
En Venezuela todo cambia de nombre en poco tiempo. Pienso sino sería más justo que esta plaza Francia o Altamira se llame Plaza Filippo.
Links:
Plaza Francia en Google Maps
Wikipedia

