
Editorial Planeta acaba de lanzar al mercado ?Grasa. Retratos de la vulgaridad argentina?, un lúcido ensayo del escritor y periodista Juan José Becerra. Tema recurrente si los hay, algunas publicaciones locales han venido eligiéndolo temporada tras temporada para explicar quiénes son los señalados y quiénes no. Pero la novedad esta vez es la pluma afilada y brillante del autor. Becerra elige íconos de distintas disciplinas para demostrar la grasada que los (ynos) rodea y los construye. Y su elección no es un capricho, argumenta hasta decir basta los motivos de la lista vulgar.
Tal vez el momento más hilarante del libro sea el del peluquero mediático Roberto Giordano y sus desfiles veraniegos. Conocido por su famosa frase ?no me peguen, soy Giordano? («le pegaron por ser, justamente, Giordano») y por ser el único ejemplar que puede hablar sin verbos, Becerra se hace un festín con el hombre de las tijeras.
También atiende al cabezón Marcelo Tinelli. Los motivos: sus ansias desmedidas por la movilidad social y su reinado en el fascismo televisivo del que es el rey indiscutido. Mauricio Macri también es parte de la lista, por negar sistemáticamente a la política -¿se olvidó para qué fue elegido?- y por tener problemas serios con su discurso: difícil tarea la de traducirlo y su manejo precario del vocabulario.
El autor -que desde 1996 escribe en Los Inrockuptibles- no abusa de la técnica del ensayo pesado y escapa del tedio usando un fino humor y algo de crónica para allanarle el camino al lector. Becerra se inmola por nosotros para escuchar todo el monólogo bizarro que hace Baby Etchecopar en teatro (!) y uno no puede más que reir para no llorar.
Pero la frutilla de la torta se la come Alan Faena y su sombrero de cowboy blanco. Becerra relata un encuentro confuso con el entrepreneur de Puerto Madero, una puesta en escena innecesaria cuando maltrata a una empleada y el afán por ser la versión posmoderna de Victoria Ocampo. Becerra lo deja pagando -en el reportaje y en el libro- y lo desnuda como nadie.
Tal vez a «Grasa» le falten varios capítulos porque apenas se termina de leer, uno empieza a completar mentalmente un listado casi infinito de posibles candidatos a entrar en la bolsa de arena que Becerra golpea sin descanso durante las 258 páginas.
Y pegue, Becerra, pegue.
