El personaje nació el año pasado en una sección en la última página de la revista 7 Días (reemplazando a la columna de Gisela Marziotta) y ahora saltó a las librerías con «Baby Trash. Confesiones de una chica deliciosamente cruel» (Ediciones B). Se trata de una periodista que roza los cuarenta y que por ser como es -y defender esa postura frente a la vida y a la sociedad- se queda sola. Por eso no tiene más remedio que disfrutar de esa soltería -a veces triste, a veces divertida, otras patética- y salir en busca del hombre soñado, que por supuesto, nunca aparecerá. Pero mientras eso ocurre, Baby Trash da rienda suelta un insaciable apetito sexual que no conoce límites, lugares ni horarios. Y, a modo de diario íntimo, todo lo cuenta.
La autora aprovecha la impunidad del anonimato y regala algunos detalles de sus aventuras sexuales, caprichos, amoríos, frustraciones y citas a ciegas con todo tipo de hombres: rockeros famosos, adolescentes vírgenes, extranjeros, impotentes, polistas, hippies, viejos, escritores, actores, pintores, eyaculadores precoces y varios periodistas, fotógrafos y relaciones públicas. Casi todas las historias son verdaderas, pero los protagonistas están sutilmente escondidos detrás de ingeniosos seudónimos que sirven para salvarlos del escarnio público (o del aplauso masculino).
El libro puede ser tomado como la inspiración local de la novela de Helen Fielding «El diario de Bridget Jones» (llevado al cine con Renée Zellweger y Hugh Grant, en 2001) y en la periodista Carrie Bradshaw (Sarah Jessica Parker), la autora de las columnas que le dieron vida a Sex And the City. Pero Baby Trash, al menos, se hace cargo de lo que es, con todo las ventajas y las consecuencias que esa actitud tiene. Tal vez por aquello se termina ubicando literariamente en la vereda opuesta de la blogguer Lola Copacabana, autora de Buena Leche (Sudamericana, 2006).
Hay momentos altos y las 200 páginas se leen muy rápido. Allí conviven varias historias interesantes para contar y está escrito por alguien que sabe cómo escribirlas. Sobre el final, en el epílogo, la autora deja al descubierto su costado más puro y sincero («soy virgen»). Este último pasaje sirve tal vez como clave para entender un poco más la alegrías y los sinsabores de una mujer que -paradojicamente, a pesar de tener a todos los hombres encima- no encuentra otro destino que el de la soledad.

