19 marzo 2007

Loco un poco

Hace algunas semanas, cuando le hizo el gol a Independiente desde atrás de mitad de cancha, decidí escribir un post sobre él. Tenía el título: «Palermo Hollywood», porque su carrera parecía una película de esas que emocionan y terminan bien al estilo Rocky, ganando la pelea y todos llorando mirando la pantalla. Palermo es un campeón, un ganador, un tipo que tal vez no te haga 20 jueguitos pero te acuesta apenas te descuides. Entra a la cancha sabiendo que al menos una vez, va a mojar. Es un optimista genético. Busca y busca y, se sabe, el que busca encuentra. Agarra lo que otros dejan. Corre cuando nadie corre. Ve lo que nadie. Pero lo que lo hace aún más ídolo, es que no es un dotado. No es un Maradona, un Ortega ni un Messi, esos tipos que ya desde la altura y la gambeta se diferencian del resto. No. Palermo es un lungo aparatoso medio encorvado cuyos movimientos toscos parecen recién salidos de un centro de rehabilitación corporal. Pero tiene una voluntad para el gol que impresiona hasta a los muertos. Contagia ganas y esperanzas, porque el tipo parece decirte: no hay imposibles, si yo puedo, vos podés. Y eso, en los tiempos mediocres que transitamos, ya es más que suficiente.

A los pocos días de aquel gol -pasa a veces- sabía que alguien iba a usar el título si no me apuraba. Y ese fue el amigo Guille, así que no me importó. Sólo me reía por mi pereza. Entonces entendí que en realidad hay muchos que ven lo mismo en Palermo y se identifican. Y me parece que es falso eso que muchos preguntan «¿cómo es que alguien cuestiona a Palermo?». No, casi nadie lo cuestiona ya. Esa pregunta responde más a un imaginario colectivo que a la realidad. Porque el que cuestiona futbolisticamente a Palermo está viendo otro canal. ¿Qué se le puede cuestionar? Quien en un pan y queso no elije a Palermo, debería dedicarse al ajedrez. Esos tipos tienen la peor soberbia: la de la imposibilidad de retractarse. Morirán en su propia necedad. Perderán el partido. Allá ellos. Yo prefiero disfrutar cada vez que Martín aparece con la de Boca, a las zancadas desgarbadas para meterla adentro. Quiero verlo para siempre, allá arriba saltando para cabecear como nadie. Quiero verlo reir cada vez que hace lo que más sabe, festejar como un loco. Y a quién le importa ya la selección, si ese equipo cada vez nos da más amarguras. Mejor quedate acá Martín, en Boca. Haciendo de las tuyas. Siendo cada vez más ídolo. Demostrando que siempre, siempre, se puede un poquito más.

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