12 agosto 2010

Lala y sus hermanas

No tuve otra opción que dejarme llevar por el universo femenino. Nací y viví rodeado de mujeres. Tengo cinco hermanas y soy el único varón. Para colmo, soy casi el menor, salvo por la última, de 27 años. Desde chico no me quedaron muchas más opciones que estar sentado entre mis hermanas y sus amigas, que me trataban como al gurrumín simpático y cachetón sin tener la menor idea de que yo, en el fondo -y también en la superficie- me enamoraba en secreto y a diario de cada una de ellas. Así crecí, rodeado de gomitas para el pelo, toallitas femeninas, productos light, pinturas, cera verde hirviendo, gritos de histeria y pósters de Don Johnson.
Pero gracias a ellas entendí un par de cosas claves: siempre hay que elogiarlas cuando te preguntan cómo estoy, hay que ser cursi y escucharlas, nunca preguntarles por ese llanto mensual sin motivo y jamás intentar llevarlas al terreno de la lógica y la razón para tratar de entenderlas. Por supuesto que hay excepciones porque no todas son iguales. Ellas odian las generalizaciones, pero bien en el fondo, les gustan las mismas cosas.

Me fascinan las charlas de mujeres. Soy un abonado a las reuniones de ellas donde debajo del aparente griterío y cuchicheo se descubren grandes anécdotas e historias dignas de los cuentos de Bioy. Hablan todas a la vez y el secreto está en agudizar el oído para descubrir las palabras claves.
Por eso en las típicas reuniones con mis amigos y sus parejas, prefiero toda la vida ir a sentarme a la ronda de ellas. Gracias a esa costumbre me gané el apodo de «Lala», que mis amigos gritan envidiosos en medio de la noche. Ellos, a lo lejos, charlando de fútbol y trabajo con una birra en la mano, nunca podrán entrar al maravilloso y mágico mundo en el que yo puedo surfear entre el último grito de la moda a 50 pesos, un vecino tiragalgos y la historia de venganza con cuernos entre la hermana de la cuñada y el compañero de trabajo. Las charlas de mujeres son mucho más entretenidas y misteriosas, sin duda.

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