Alejandro Dolina anda con pocas pulgas, harto de que le pregunten porqué se fue a Radio 10, propiedad de Daniel Hadad (conocida como una radio de fascistas, ideológicamente en las antípodas de El Negro). Pero los periodistas Gonzalo Sánchez y Agustina Rabaini lo fueron a entrevistar a su casa para la revista Veintitrés y perdió los estribos por completo. Quiso boxear a Sánchez, quien no se amilanó y casi termina todo mal. La nota ocupa la tapa que salió ayer y, gracias a un amigo, acá está entera. Es par a guardar y coleccionar. Con o sin razón (el debate puede ser eterno), Dolina intenta explicar que el resto de los medios también son una bosta.
?Si querés lo arreglamos en la calle como hombres.? No es habitual que los reportajes terminen de esta manera. Pero Alejandro Dolina acaba de enojarse y decidió que no se habla más. Está caliente, recaliente, quiere pelear. La actitud descoloca. Es una situación traumática e inesperada. Un embole. Un bajón. La pregunta que terminó de enfurecerlo fue una pregunta mal formulada, dicha de manera coloquial, en medio de la charla, en la que asomó la palabra Dictadura. No fue una acusación ni un hecho inquisidor. Se le preguntó, desde un desconocimiento primario, si había pasado por alguna radio intervenida por los militares, si le provocaba algún tipo de contradicción haber apoyado los deseos electorales de Carlos Ruckauf en el pasado o haberse mudado a Radio 10 para encarar la nueva etapa de su carrera. Entonces estalló. La respuesta fue directa: ?Andate a la mierda?. Se paró, se lamentó, invitó a pelear. ?Andate al carajo?, agregó. Y dio por terminado el asunto.
La entrevista había comenzado cuarenta minutos antes, en el comedor de su casa de Belgrano, y no había empezado bien. A Dolina parece incomodarlo tener que explicarse. Siente que cierto sector del periodismo es el fiscal de sus últimas decisiones y está cansado. Lo remarca todo el tiempo. Dice que lo agota, le molesta, que en los últimos meses sólo le hayan preguntado por el pase de Radio Continental a la Radio 10 de Daniel Hadad. Y putea. Lo que sigue, entonces, es la desgrabación del reportaje que lo hizo explotar.
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