Hace unas semanas recibí este libro, escrito por Jill B. Taylor y editado bajo el sello Debate. Sin muchas expectativas (el tema no me interesaba demasiado), empecé a hojearlo y me enganchó. La autora cuenta en la introducción: «Cada cerebro tiene una historia, y la que sigue a continuación es la mía. Hace diez años trabajaba en la Facultad de Medicina de Harvard como investigadora y dando clase a médicos jóvenes sobre el cerebro humano. Pero el 10 de diciembre de 1996, yo misma recibí una lección. Aquella mañana sufrí una forma rara de ictus en el hemisferio izquierdo del cerebro. Una gran hemorragia, debida a una malformación congénita no diagnosticada de los vasos sanguíneos de mi cabeza, estalló inesperadamente. En cuatro breves horas, con los ojos curiosos de una neuroanatomista, vi cómo se deterioraba por completo la capacidad de procesar información de mi mente. Al final de aquella mañana ya no podía andar, hablar, leer, escribir ni recordar nada de mi vida. Enroscada en forma fetal, sentí que mi espíritu se rendía a la muerte, y desde luego nunca se me ocurrió que algún día sería capaz de contarle a nadie mi historia».
Impresionante. Las siguientes páginas se leen como lo anterior: con rapidez, curiosidad y tensión. El libro, además de dejarnos una historia conmovedora, nos enseña sin pretenderlo el valor de las cosas que son -o deberían ser- importantes y que no siempre le prestamos atención. Porque lo que le pasó a Taylor, me puede pasar a mí la semana que viene, a vos en dos años o a un familiar cercano. Sin aviso, sin nada que nos haga advertirlo. Y en unos minutos se te cambia la vida, literalmente. El libro resulta didáctico porque explica bien fácil sobre temas complejísimos como son las neuronas, el cerebro y las enfermedades relacionadas. Pero lo que más me interesa del libro -todavía no lo terminé- es que está lejos de ser de autoayuda o de esos que parecen escritos por gente que nada tiene que ver con nosotros y nuestro día a día.

Si quieren comprarlo, entren a Capítulo Dos.
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