28 diciembre 2009

Golpeando las puertas del cielo

J&B (115)

Nunca estuve en una cárcel. Más: nunca bailé en una cárcel. Más: nunca estuve a punto de emborracharme en una cárcel. Pero por suerte -y lamentablemente- la vida tiene situaciones inesperadas que borran los nunca y los jamases. Esta es una.
Llegué a esta cárcel de Ushuaia de la mano de J&B, a la fiesta que arman todos los años bajo la campaña Start a party, que básicamente consiste en organizar un festejo descomunal en lugares insólitos: un castillo medieval en Transilvania (Rumania), en las cavernas de Capadocia (Turquía), en el medio de la Ciudad prohibida de Beijing (China) o en un estadio a medio construir, en Sudáfrica.


Y vaya si Ushuaia tiene sus propias medallas para ser la ciudad insólita elegida este año por J&B. Para empezar, acá termina el mundo. Más abajo no hay nada. O mejor dicho, está ese gigante continente de hielo blanco que llamamos Antártida. Pero no hay ni ciudades ni civilización alguna, ni perros, ni iPhones ni shoppings ni fiestas con whisky, por supuesto. Además, acá chocan los mares, ya que en el vértice austral se juntan los océanos Atlántico y Pacífico.
Suficientes los motivos para que más de 300 almas -ejecutivos de la empresa, periodistas, celebrities, clientes, etc. desembarquemos el sábado 21 de noviembre a la última ciudad del mapa; así que tomarse unos buenos escoceses en el culo del mundo -sin metáforas- se presentaba como un gran plan.

La cárcel funcionó durante 40 años hasta que en 1947, las condiciones infrahumanas de los presos y las torturas físicas y psicológicas a las que eran sometidos lograron convencer a un tal Juan Domingo Perón -entonces presidente- de ordenar el cierre definitivo del presidio. Su reo más famoso fue el jovencito Cayetano Santos Godino, más conocido como ?El petiso orejudo?, famoso en la década del 40 por asesinar a sangre de hielo a cuatro menores e incendiar varios edificios porteños. El petiso es una celebridad en Ushuaia. El muñequito con su figura rankea primero junto a los minis faros ?del fin del mundo?, las mermeladas y los chocolates que se compran los turistas en los varios negocios de souvenirs y recuerdos que hay en el centrito de tres cuadras. Un chico disfrazado de Godino versión Disney es quien da la bienvenida a la fiesta y todos los invitados se sacan una foto con él como si fuera Mickey Mouse. Yo hago lo mismo, ¿por qué no? Estoy en el fin del mundo, con whiskey en una mano, centolla y cangrejos en la otra; gente bailando en una cárcel, varios famosos alrrededor (al día siguiente, gracias a un desubicado altoparlante en el aeropuerto, nos enteraremos del verdadero nombre de Mike Amigorena… ahhhh, no lo diré). Déborah de Corral mueve sus piernas locas, un amigo se ríe y dice algo que ya no le entiendo. ¿Algo más importa acá?

Pero un rato antes de todo eso, a las cinco de la tarde, nos subimos en dos catamaranes y con música de DJs (Ale Lacroix y Matías Camisani) el whiskey calmaba el frío polar. Los tragos fueron hechos especialmente para el evento y bautizados como los elementos esenciales: tierra, aire, fuego y agua.
Bajamos en la Isla Carello, cerca del famoso faro donde nos recibieron con sopa de verduras y percusión de la buena. No hay manera de que no sea una buena experiencia escuchar a cero grados rodeado de nubes, montañas, agua y hielo a quince personas golpear sus tambores con sincronización y precisión de relojito suizo. Se llaman «La bomba de tiempo», y forman el grupo de percusión porteño más cool y requerido del momento, surgido en el under desde los marginales lunes del Centro Cultural Konex. Ahora son los animadores de fiestas top como esta gracias a su rutilante éxito.
En la cárcel, todos hacemos todo lo que nunca se pudo hacer en este lugar mientras era lo que fue: cantar, bailar, tomar, posar. Mientras tanto, el Hombre-Bola, la simpática mascota vestido de traje amarillo con la cabeza? de bola de espejos!, no se cansa de bailar (pregona en el mundo el consumo responsable para que las fiestas terminen en paz), el ex Soda Estereo Zeta Bossio se saca el traje de bajista y se pone el de DJ para cerrar la noche y abrir el día.

Pero hay algo en común con los presos: el deseo. Porque acá, en el culo del mundo, a las cuatro de la madrugada, febo asoma y yo reclamo mi último vaso ganado en buena ley. Salud.

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